miércoles, 16 de mayo de 2012

Una lágrima de fuerza

Solamente ser una lágrima de fuerza
frente a las camisas amarillas,
como la circularidad cósmica,
un melocotón estallado en plena calle...
por lo que se ve, nos sobran los nísperos,
seguimos empeñados en zozobrarnos
contra el vértigo inaudible de pisadas
donde no somos más que excrementos
vaciados
de un sentimiento que algún día
creímos nuestro,
como las naves,
como las ciudades íntegras de calorías
que no destruyen el hambre.
Habla siempre de lo que sabes
con un pálpito entre las piernas,
vicioso desafío de lo que no se recupera
ni a base de excavar.

Ser un escándalo de tierras que se mueven
alejando el corazón de los que se sienten exprimidos
porque no buscan la llamarada
sino el tránsito indestructible de la negación
y de lo oblicuo. Con fugas,
con nueces a punto de abrirse a golpe de martillo.
La enfermedad está en todo.
Sólo algunos experimentamos su locuacidad,
como estatuas carcomidas que siembran
el paisaje de sombras alertadas de la desesperación.
Como tubérculos implorando
como vértices aflorando sin calidez alguna.
La raíz del tuerto y hasta siempre
Baby, Arizona, los espejos.
Y sabes?
Es un problema odiar sino eres consciente
de que todo el mundo se odia. Un poco.
Tal vez demasiado.
Y es difícil como un astro sobre los hombros
que abrasa. Inconfundible, árido y espeso,
reclamando un trasegar de palabras desperdigadas
en la lluvia.
No las tomes como un cántaro desnudo,
sino como lo que quizá sean en su experiencia dolorosa.
Y sálvate, dudo que puedas,
pues lo único que podrás hacer sería seguir viviendo.