viernes, 26 de abril de 2013

Mueren las personas

                                                                                                                             a Jesús,       
                                                                                                                      mi abuelo favorito      


Mueren las personas

y yo sé que mueren
porque el peso de su rostro cambia.

Languidecen mejillas y arrugas, 
y vuelven a posar su grafía  
sobre lugares más hondos,
donde cicatrizan por segunda vez
nervios, arterias, venas, capilares... 

la barbilla va cayendo hacia atrás 
desprendida por la gravedad 
del sueño inanimado. 

Pero también estoy segura,
de que al menos veinticuatro horas después 
siguen destilando humores 
las personas-aneurisma, 
en un proceso de desavivación amortajante. 

Que aún los párpados no llegan a reconocer
su acartonamiento,
y que la sangre mantiene un hilo 
de calor en los dedos, en las muñecas.

Que una gota de semen se reseca
en los conductos,
que las glándulas sudoríparas 
cantan el rumor linfático,
disminuyendo la intensidad de chasquido
que mueve las válvulas,
como un concierto a punto de acabarse.

El organismo orgánico 
de vital importancia
para encarnar nuestro espíritu,
es ahora una casulla un pellejo 
un poroso esqueleto 
de color que palidece,
aunque el blanco siempre fuera hueso 
y el corazón un músculo 
con demasiados significados.

Cuando alguien muere, muere.
Cuando alguien muere, muere.
Cuando alguien muere, ya se ha ido
la única realidad de estar presente.

Llorar el cuerpo es inútil. Es consuelo.
Lo que más lamento 
es que desaparezca el olor
bajo el maquillaje,
que las células comiencen a descamarse 
para finalmente convertirse en abono. 

Y que todo queda en lágrimas 
que bañan con la pérdida, 
mientras asumimos mientras rezamos 
mientras callamos 

para siempre.

2 comentarios:

Delia Aguiar dijo...

Ay, si te oyera Unamuno... Qué razón te daría. Nunca nos acostumbraremos a la muerte.
Besos, querida amiga.

Lidia dijo...

Besos recibidos. Un besito grande.