jueves, 4 de julio de 2013

Sociedades en Trastienda by Pedro García Cueto

Pedro García Cueto 

Ensayista español (Madrid, 1968). Doctor en filología y licenciado en antropología por laUniversidad Nacional de Educación a Distancia (Uned). Docente en educación secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine, colaborador en varias revistas literarias y de cine, autor de dos libros sobre la obra y la vida de Juan Gil-Albert y un libro, La mirada del Mediterráneo,sobre doce poetas valencianos contemporáneos.



SOCIEDADES EN TRASTIENDA: LA MIRADA LÚCIDA DE LIDIA FERNÁNDEZ A LA VIDA POR PEDRO GARCÍA CUETO


   Lidia Fernández, joven poeta, mujer de mirada lúcida, de sonrisa inteligente y de un lirismo que nace para ir penetrando en el verso, para buscar nuestros espejos interiores.
   Su libro, Sociedades en trastienda, editado por Ediciones Crusoe, tiene la capacidad de ahondar en personajes que ella ha conocido o imaginado, seres tan parecidos a nosotros, a veces  irrelevantes, pero poseedores de un mapa emocional que Lidia Fernández sabe encontrar en poemas de gran calado emocional, algunos desgarrados, con esa sensación de la vida como una dolorosa experiencia que surca caminos diversos. Me detengo en algunos de ellos, como en  “Aquel chico bueno”, cuando dice:
“Aquel chico bueno / Del párpado colgando / Con las piernas cruzadas en el tren / Lleva un reojo tímido en sus labios; / Su saliva de arcilla / Está posada en las sandalias / Donde un tatuaje reza: / “Alba”. / Alba es una sonrisa con las uñas pintadas / Y el chico bueno, / Sigue siendo bueno, / Porque es el único / Que aún no ha besado”.
    Poema donde vemos la capacidad de Lidia de mirar al joven, un chico que no ha conocido el amor, un hombre que tiene “saliva de arcilla”, como si quedase en sus besos no dados el sabor de la tierra, el agreste y amargo sabor de la arcilla.
   Poemas como “Me hundo” o “Bajo mis piernas”, son esclarecedores para entender el latido d la mujer que arrastra un mundo con ella, que vive el desaforado deseo de encontrar la vida en cada rincón, que anhela el abrazo verdadero, mujer que navega en los sueños con dosis de realidad en cada ojo:
“Porque bajo mis piernas / Ardía un disturbio atrapado / En el laberinto del fauno”.
     Mujer que desea al hombre, que vive ese cuerpo que late en cada rincón, que se ofrece como alma al beso del amado, al hombre que se escapa, turbio como la propia vida:
“Este espasmo tierno de la absenta / Entre mis pechos de alga, / Entre mis nalgas escondido / El adulterio lúbrico / Cuando te presto esta pasión”.
     Mujer que vive la renuncia al amor, que sabe que toda rutina mata, que conoce que todo deseo se muere en las manos de las miradas tediosas del tiempo, le dice, con esa sed que clama saciarse lo que sigue y nos arrebata una exaltada pasión:
“Un orgasmo de manos pequeñas / Un dolor de madrugadas gigante”.
    Tiempo muerto en las manos del tiempo que todo lo horada, lo destruye, entre seres que se amaron y ahora son ceniza, poso de la nada de un amor ido para siempre. La mirada desoladora de Lidia Fernández esconde siempre el sueño, la fantasía de otra vida, esos pechos de alga que nos invitan a imaginarla en el océano, libre como una sirena de todo mundo.
   Poemas como “Matar a los 80 años”, donde habla del desamor y de un hombre harto de su mujer que va despreciándolo psicológicamente dicen mucho del alma de esta mujer que conoce, quizá sin haberlo vivido, los meandros tortuosos de la rutina, en la que el hombre es también víctima, aunque cueste creerlo, de la mujer hiriente y destructiva.
   Pero me gusta el tono de “Las mujeres alegres”, poema donde Lidia se hace una y todas las mujeres, viva y latente, como una flor, pero también como una mariposa que vuela alto y que nos asombra con su alto peregrinar por el cielo:
“Estoy preñada de una vida que no muere en la piel, / La pureza está arada por los pies que resisten, / La pureza es un pueblo dentro de la mente, / Es un pueblo que ya he conquistado”.
    Bonitos versos que nacen de esa sed de vivir, que le lleva a decir después “no me acobardan los que no me comprenden”, porque Lidia es libre, sabe de las ataduras de la vida y prefiere ser así, un ave en vuelo, que se posa un momento para luego despegar y así buscar la felicidad.
   Poemas hermosos los de Lidia, como confesiones, como ocurre en “Autorretrato”, donde nos dice cómo es y la poeta se define, como decía antes, como un ave en vuelo, porque la vida es un continuo peregrinar, en busca de una felicidad prometida y necesaria:
“Sin embargo la rendición la tengo pronta /A la grandeza la trato de menuda / Tengo pocas fuerzas para explicarme / Y tengo muchas plumas para irme”.
    Como la poeta nos dice, vida errante, que deja huella en el sitio que ha estado, pero de nómada, porque vivir es irse, despegar siempre de las emociones para encontrar otras nuevas y construir el mapa de la vida.

   Temas como el maltrato, el suicidio, pasean por los versos, pero siempre con la certeza de la libertad que la poeta siente ante la vida, mirada lúcida la de Lidia, buena poeta que sabe llegarnos al corazón en este libro de título curioso, que se explica fácilmente, la trastienda somos todos, envueltos en nuestras luces y sombras que Lidia, con su mirada atenta, sabe ver, un libro de poemas para leer despacio y disfrutar, de esta paloma que vuela alto, para buscar su lugar en la vida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho, la poesía de Lidia es pura, como el agua

Anaís dijo...

"Bonitos versos que nacen de esa sed de vivir, que le lleva a decir después “no me acobardan los que no me comprenden”, porque Lidia es libre, sabe de las ataduras de la vida y prefiere ser así, un ave en vuelo, que se posa un momento para luego despegar y así buscar la felicidad. (...)
porque vivir es irse, despegar siempre de las emociones para encontrar otras nuevas y construir el mapa de la vida."

Emotiva reseña de tu libro. Felicidades. Sigue así, tejiendo el atlas de tus emociones, volando.

Abrazo alado :)

Lidia dijo...

Muchísimas gracias, Anaís y también a anónimo :)


Besitos y cariños