lunes, 23 de diciembre de 2013

Análisis


Abundan las sustancias en el ser

y entonces el ser se vuelve ansiedad 
desbordada,                       que arrasa 
a su paso todos los bulbos,
dejando los surcos expuestos 
al tiempo,
para que éste haga y deshaga su danza
con cierta avaricia que en la ceguera
no podemos ver con exactitud:

El ego surge 
para darse importancia
como una serpiente ladina, 
porque en realidad, siente que no ha sido importante
y ese es su mayor pecado:

no respetar la cosecha quebrar 
la profundidad del arca donde resplandecen 
todos aquellos tesoros cuidados 
evanescentes de nuestra existencia
pero decisivos al cabo
a la hora de fluir con la corriente. 

Pero qué difícil es el aplomo,
valorar como una deidad 
cuando se es tan humano,

es un sopesar cada día

y a mí en ocasiones me da miedo la obsesión 
por destruir,
pero la reconozco en mí 
como a una constante vital
extraña pero propia en su peligro,

y así pretendo que los otros salven mis faltas
momentáneas, 
de mi constitución 
monstruosa aunque pasajera,

pero también, quien me quiere conoce 
los postulados del regreso,

y haciendo de mi ser la primavera, 
renuevo mis promesas en un bálsamo,
y replanto mi vida 
después del arrepentimiento,
porque cada una de las certezas 
que me son sinceras, son amparo y desamparo  
para una textura en el alma 
de rugosidad suave,

porque soy un exabrupto
en sucesiva agitación,  
y aún no comprendo 
los misterios de la inocencia
en la espontaneidad frustrada.