miércoles, 30 de octubre de 2013

Sentirme libre




quiero sentirme libre

quiero poder equivocarme 

quiero poder ser torpe y que aún así las personas se encuentren bien a mi lado.
No quiero sentirme amenazada con que me quieran más si soy más comedida, obediente, complaciente o atenta. Si no abro la boca para pedir algo que no debo.
Si me expreso de forma imprecisa o no selecciono siempre la palabra adecuada. 

Quiero poder ser nerviosa y que alguien me de la mano cuando me tiemble el pulso.
Que me acompañen a conocerme ayudándome y que me entiendan sin tratar de cambiarme. 
Que no me miren pensando cuándo me voy a confundir, que después de sincerarme 
y dejar mis puntos flacos al descubierto, que después de mostrarme absolutamente desnuda,
que después de confiar mis silencios y mis lágrimas, mis miedos y mis intenciones, me animen aunque también quieran hacerme reflexionar, pero en resumen me quieran tal y como soy
con mis vaivenes y sin otras expectativas   


Quiero que sepan cuándo estoy amando, cuándo me estoy contradiciendo y cuándo me doy por vencida porque no quiero suponer una carga. Cuándo no tengo suficiente autoestima
y busco torpe los razonamientos que me defiendan. Quiero que sepan que soy frágil, 
que soy impaciente, que padezco hipocondría y que creo en la energía del universo,
que me atrae la mística, que he hecho muchas locuras y que siempre espero una caricia,
y que en muchos momentos de mi vida no transijo con el sufrimiento pero que sólo a través del mismo se abren los caminos y se llega a la luz. 

Quiero poder dedicarme a varias cosas y alcanzar pequeños objetivos. 
Quiero ser ambiciosa si en la ambición va mi alegría. 
Quiero aprovechar mi vida sin agotarme. 
Quiero vivir en paz aunque sé que hay muchas guerras interiores.
Quiero hacer lo que esté en mi mano para hacer sentir bien a los demás. 
Quiero que entiendan que tengo una sensibilidad especial, que juega tanto en mi favor como en mi contra. 

Quiero sentir respeto,
quiero mi libertad.

sábado, 26 de octubre de 2013

La rienda



La llama de la incomunicación
es corta, 
pero alarga su pesadumbre 
sobre las horas ciertas
y propaga su similitud a cohete
que irrumpe de tal forma
que hace desear la palabra 
que amenaza con escabullirse,
porque no es vista desde la confianza,
sino como a un enemigo
que anhela destruir lo hermoso.

Si las personas fuéramos presente
y no prejuicio,
conseguiríamos un infinito de la llama corta,
un infinito verdadero
que remendar como a aquel calcetín solitario,
y entonces hablaríamos de la bestia
como hablaríamos del amor,
no habría estrépito sino armonía,
habría noches sin mosquitos
en un octubre aniquilador.

No seríamos enfermedad en el punto medio,
pero posiblemente tampoco negativa emoción,
una vez descontenida la voz
y deslizada la pregunta. 

La literatura de la mente, que es el pensamiento,
sanaría la obstrucción de la cantidad
y los desarreglos mensuales, 
seríamos hermanos al practicar la humildad.

En lo pequeño está la rienda, 
para continuar hacia el entendimiento.