domingo, 13 de abril de 2014

La Fábrica de Hielo



Y se hizo la poesía.

Cuando Zhivka Baltadzhieva presentó la segunda edición de su libro "Fuga a lo Real" dijo unas palabras que jamás olvidaré. Ahora mismo no podría reproducirlas, porque además, la riqueza con que la poeta las transmitía, logró dejar al auditorio perplejo ante, sin duda, la afirmación más certera sobre la composición, el pensamiento y el sentimiento que se pueda hacer, cuando estos alcanzan el lirismo a través del encuentro místico pero también racional, con la poética precisa que define cuidadosamente el interior. Esto es, que no vale cualquier palabra, cualquier término, cualquier expresión, sino la propia (y es un reto el encontrarla, y es un arte). Esta es la fidelidad hacia el lenguaje, tan difícil pero tan satisfactoria, cuando se quiere decir ésto y no aquello otro. Cuando la imagen se aúna al vocabulario, cuando existe una fusión completa que además es reflejada con un ritmo que es armonía pura y una semántica clara y conmovedora. Esta puede ser la búsqueda, la llamada a cualquier poeta, su gong. La que todo poeta debe respetar, porque debe respetarse y conocerse para luego volcar con acierto lo que quiere contar. 

Esta es la verdad que nos encontramos dolorosa pero magníficamente retratada en la poesía de Silvia Nieva. 
En la lectura de la Fábrica de hielo, me ha gustado comprobar que aquellos poemas que Silvia compartió en algunas lecturas con nosotros en años pasados, han sido continuados y ensamblados a la perfección con el resto de los poemas incluidos en el libro (eso me ha hecho comprender mucho mejor a la autora). El poemario es un ascenso, una crudeza hermosa que se enraíza al pecho pigmentando, un búho real con las alas extendidas con infinitos metros de envergadura desplegados, con la carga emocional al descubierto, con la tensión inigualable del conocimiento profundo de cualquier cosa que disturba, bien desde el interior o desde el exterior deglutido y posteriormente rumiado, para comparecer en finales redondos que ponen literalmente los pelos de punta. 

Silvia Nieva es una poeta de una calidad humana y literaria indiscutibles. Yo diría que es un lujo el hecho de que una persona se comparta tan generosamente con su lector, porque en esa abertura y cierre de párpados, Silvia es un grito femenino, es arriesgada y al mismo tiempo mesurada en el golpe maestro, habla de su no pertenencia, de su deseo de no "ser" para las expectativas de otros, sino que se debe a ella misma, con la misma volatilidad que fuerza para reclamar el suelo, para hablarles a los otros de quién es, cómo es su soledad y cómo avanzar desde el desasosiego hacia la sencillez y el aplomo para poder vivir en paz aunque la paz no exista. 
Para procurar lo amable dentro de un destino que nos reta a cada paso. 

No estamos preparados para todo aunque lo estamos, y el coste es elevado para aquellos que sienten la asfixiante falta de una realidad que sonría. Pues no son tiempos de sonrisas y sin embargo Silvia es una experta en recolocar lo que sobrepasa, en fabricar un hielo que asusta y libera, que permite no hundirse por completo y guardar algo de esperanza a pesar de las huellas que deja en nosotros el tiempo. En nuestro cuerpo y en nuestra mente. 

Es un libro excelentemente planteado. Desde mi humilde opinión creo que toca todos los puntos necesarios para nombrar. Los poemas te llevan, empiezan ligeros y desde su ecuador van emergiendo las causas profundas que los generan. Saltan las lágrimas, Silvia expande su silencio mientras tú lees sintiendo que algo se ha roto creando un nuevo paraíso de agradecimiento ante la sinceridad de un amor, sólo en apariencia frío. 

Gracias, Silvia. 


Hay que comer.

Comerse el aire comprimido.
Comerse el cuerpo
sin parar en soledades.

Comerse un niño.

Volver a entender cómo funcionan los dientes,
inventar la rueda,
tirarnos por barrancos
-que se nos pegue la hierba-.

Volver a entender cómo funcionan los estómagos,
fijar el precio de salida,
que las noticias y la sangre nos sorprendan.

Recordar cómo digiere el alma
tanto dolor mordido.

Las lágrimas tienen muchos tamaños
y no hay tanta sequía en los desiertos.
La tierra no dibuja grietas,
el calor no nos pudre las heridas. 

Aún podemos mojar la historia.




2 comentarios:

Anónimo dijo...

M'ancantao
Que me han entrado
Unas ganas de leérmelo, que

Ya lo hablaremos

Lidia dijo...

Un besazo, anónimo¡¡¡