jueves, 3 de abril de 2014

La respuesta conmovida



En distintas casas
atardece la misma pregunta.

La penumbra rosácea
descoyunta los hombros
con tal belleza 
que desarticula los miembros
de la esperanza:
podrían bien brotar 
otras respuestas.

A través
de los silencios meditados
quiero creer que el mal del tiempo
lo cura el bien del tiempo,
y que la bienaventuranza es más rica
cuando se tiene la fe revuelta 
a punto de nieve, 
representada por las claras 
de la nostalgia.

El nubarrón sin agua
es seco como una llanura 
y en lugar de cielo, 
parece duna
granulando el temor 
y mostrando una pierna.

Nada aflora en cambio 
que sustituya la inquietud, 
la exclamación de la duda
se pega como la saliva blanca
a los labios que nunca se humedecen.

Espero que sepas entender
que por dentro
siempre se siembra un entorno,
se afirma y se niega
en la experiencia de que el día dura
veinticuatro horas,
que cada vez resultan más importantes,
cuando se gira una llave
y aparece la verdad de la sumisión, 

pues de qué sirve romperse entero,
de qué sirve decir que amo,
eso ya lo sabes tú,  si me sigues y oteas. 

Hoy sólo puedo contarte la vertiente
solitaria de la decepción,
mañana quizá describa la mañana radiante
y olvide el daño que produce la obviedad;

Me suele importar lo que a nadie,
por eso soy poeta en mi hondura personal.
Por eso soy nombre
y luego creación,
por eso soy aquello que queda a la intemperie, 
como ha sido,
como es
y como será. 

Que los dioses repartan suerte.