martes, 30 de junio de 2015

De vocación: infancia







Retrocedo 
hasta mi propio nacimiento
y recuerdo palabras vivas
en escenarios de papel.

El lenguaje, solidario, corría en mi auxilio; 
Provenía de partes que se ahogaban,
desconocidas para mí
en el hecho de la existencia.

Luego las palabras me permitieron 
no enfermar, 
poner a salvo mi afición 
de los extraños,
aquellos que no gustarían 
de mis ideas y deseos.

Mi particular rescate tenía lugar 
cuando la tensión amenazaba
con destrozarme los pétalos...

y para mí esto siempre ha sido serio.

Necesito alejarme de los juicios
y seguir palpando la libertad
sin sentir cómo me asfixian las expectativas,
explorando una vía alterativa de respiración.

Así amo lo que la lírica 
ha transformado,
y sin ésto no sabría vivir.

Por otro lado, no me preocupa la ficción 
de personas que desconocen 
la dimensión real 
de mi trabajo,
o la calidad que intento transmitir al mismo, 
con mis limitaciones,
que desde luego 
poco tienen que ver 
con mi sexo, y mucho con una víscera 
de voz necesaria que afina 
su sensibilidad.

Soy honesta y transformo el desahogo
en algo lo más artístico posible, 
intentando contribuir 
desde el respeto a la palabra. 

Escribo todos los días desde hace dos años
poemas que no hago públicos y se acumulan
en carpetas que aún no encuentran una línea lógica.

Confío en que el momento nos elige, 
el afán nos completa.

Tan sólo me falta tiempo para compartirme,
así que permanezco lejos, aquí escondida,
y entre tanto canto lo que me toca:

otras cuentas pendientes con la infancia...



1 comentario:

Anaís dijo...

Querida Lidia, al leer tus dos últimos poemas hallo semejanzas en nuestras travesías: parece que ambas nos encontramos en un momento de exorcizar fantasmas y dolores de la infancia.

Como decía Marguerite Duras: "escribir, escribir a pesar de todo, pese a la desesperación."

Sigamos escribiendo, pues.

Un abrazo, preciosa. Y mucha luz en el camino, caudales de música y poesía.